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Módulo preparado por la Dra. Carmen Centeno Añeses

 

El siguiente es un fragmento de un ensayo del destacado escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá. Éste constituye una argumentación sobre Puerto Rico y su relación con las islas del Caribe en distintos aspectos.

"Puerto Rico y el Caribe: historia de una marginalidad"
Edgardo Rodríguez Juliá

En e1 1884 Francisco Oller regresó a Puerto Rico. Nuestro más destacado pintor del Siglo XIX, cuya paleta se formó en Francia junto a la de Cézanne y el también caribeño Camile Pisarro, participando en el desarrollo del impresionismo como uno de sus principales propulsores, daba así un paso irrevocable en su desarrollo como artista plástico. La tenue luz impresionista del cuadro El estudiante —pintado en 1877 y que se encuentra en el museo Jeu de Paume— iría quedando atrás, ya para siempre. La luz mortificante del trópico entonces comenzaría a inundar sus cuadros.

Oller, en su retorno al país natal, ya nos habla de esa inquietud sobre el espacio propio que caracteriza la obra de Palés Matos, Walcott, Césaire y Naipaul.

Si Fanon nos señaló la realidad del maniqueísmo colonial, los grandes escritores y artistas del Caribe coinciden en hablarnos de esa modorra, o taedium vitae, tan característica de estos tristes trópicos, condición colonial en que el alma, la interioridad, está como suspendida, indecisa entre una sociedad chata, a medio hacer, esa exterioridad de la vida con un pasado precario y un porvenir incierto, y la nostalgia de una tradición no del todo ajena pero tampoco propia, es decir, la cultura occidental del colono, la cultura asiática del emigrante o peón, la cultura africana del esclavo arrastrado a estas tierras.

Esa marginalidad crea un territorio de ensoñación o conduce al exilio. En el caso de Oller el sutil cromatismo impresionista dio paso, paulatinamente, a un realismo menos ocupado con los delicados cambios de luz sobre las formas que en la formulación pictórica, casi emblemática, de los espacios y concreciones —flora y vivienda, bodegones y paisajes campestres— de la vida señorial fundada en la hacienda y sus memorias.


Los paisajes y bodegones de Oller son una especie de asidero; a través de ellos el artista desarraigado recupera su país de origen. Estos son espacios perfectos y apacibles; sólo se escucha ese silencio yaciente de los guineos manzanos junto a los mangós, de los plátanos detrás de las guanábanas, o el rumor de la quebrada bajo la sombra de las palmas reales. Es la promesa de una raza cósmica alimentada con el panapén traído de la lejana Tahití, donde el sol inclemente se ha domeñado con las palmeras de Malasia, donde los trapiches del Pere Labat se adormilan bajo las frondas de un flamboyant transplantado de Madagascar. La galería y los barandales evocan ese otear de la sociedad esclavista. La mirada señorial tendida desde la posesión de vidas, cultivos y haciendas.


En 1893 Oller pinta un' enorme lienzo tamaño mural que tituló El Velorio. Oller se ha transformado en un costumbrista satírico; la amargura comienza a traspasar su arte.

Cuando el Oller de los serenos espacios señoriales llega a la sátira de El Velorio —cuadro que nos describe y narra el velorio de un niño muerto— su amargura no es sólo la de enjuiciar una costumbre que le parece salvaje —celebrar con fiesta y ron la muerte del niño que supuestamente subiría al cielo— sino condenar ese enardecimiento del ánimo tan de los puertorriqueños, condición que advirtió el botánico francés Ledrú cuando nos visitó en el Siglo XVIII. En la descripción de esta obra enviada al Salón de 1895 el artista habla, en un tono condenatorio, de "una orgía de apetitos brutales bajo el velo de una superstición grosera". Este baquiné es una escena donde la coincidencia en un mismo espacio, del peninsular, del negro y jíbaro criollo resulta perturbadora. Según Ledrú la exaltación del criollo surgía del calor, de la ingestión de alcoholes —como dice José Luis González en su reciente Visita al cuarto piso— y de una inclinación al desenfreno amoroso. Estas tres condiciones aparecen en el lienzo; la atmósfera en el espacio abigarrado del bohío resulta asfixiante, una pareja a la izquierda se abraza frente a un borracho que derrama el contenido de una botella, otro jíbaro bebe la última gota de su botella hacia el centro del cuadro.

Ledrú señalaba que el elemento más hacendoso y digno de aquella sociedad dieciochesca era el mulato. En El Velorio la única figura digna es la de un negro pordiosero de Río Piedras llamado San Pablo. Este le sirvió de modelo a Oller para destacar la única posibilidad de recato en todo el lienzo. Resulta interesante cómo vio a esta figura uno de los primeros comentaristas de la misma:

El espectáculo del festín que le rodea le es de todo punto indiferente; sólo llama su atención aquel niño muerto. El también lloró largo tiempo su hogar perdido allá en las apartadas regiones del África, hogar embellecido por su esposa amada y por sus hijos, arrebatados de sus brazos y esclavizados como él, en lejana tierra, por la codicia de los blancos. Y avezado en sus largos años de esclavitud a la contemplación del Infinito y a profundas meditaciones abstractas, de que al cabo logró darse cuenta, no cree, como los fanáticos que le rodean en vergonzosa orgía, que la muerte del niño sea la dicha porque le aguarden las eternas dulzuras de la vida celestial, sino porque considera la muerte como la forma más completa de la libertad, ideal supremo de su vida de esclavo.

Me parece revelador que el comentarista conozca, en la actitud del negro, un desarraigo que sólo acabará con la muerte. En este lienzo el calor del trópico es una coraza asfixiante que reduce cada personaje a su soledad. Pasamos de la apacible utopía señorial que se resume en los bodegones, coincidencia lírica de todos los frutos del orbe, a una heterotopía perturbadora donde las distintas etnias de nuestro suelo sólo pueden convivir en disonancia. La imagen, como en la novela La Charca de Zeno Gandía, es la de un mundo estancado y sin salida, donde el mestizaje es sólo la piel de distancias insalvables, soledades irredentas.

Estas dos imágenes de la utopía y la heterotopía, el diálogo íntimo entre ellas, enmarcan las meditaciones que siguen.

* * *

Decía mi maestro Charles Rosario que para nosotros, los puertorriqueños, el término antillanía tiene significado pleno, pero no los términos caribeño o caribeñidad. Uno nos congrega en la experiencia histórica y cultural compartida con las Antillas Mayores, el otro —the Caribbean— nos somete a una categoría suprahistórica, a un invento de la objetividad sociológica, antropológica o etnológica de origen anglófono, objetividad que siempre funciona en contra del colonizado, como señaló Fanon.

He aquí una polémica que no pienso bizantina, y a la cual debemos dirigirnos hoy que se habla de caribeñizar a Puerto Rico, de la caribeñización de la sociedad puertorriqueña.

El pensamiento independentista antillano del Siglo XIX concibió una especie de utopía, o desiderátum histórico, que conocemos como Confederación Antillana. Aquel espacio de congregación, sitio de supuestas coincidencias históricas y culturas evidentemente hermanadas por la lengua, se formuló desde un racionalismo progresista que hoy nos parece algo ingenuo: los pueblos que habían sufrido el mismo colonialismo, y también sistemas parecidos de explotación económica, estarían llamados a reunirse bajo una organización política que garantizase su pasado histórico y protegiese su independencia venidera. En el caso de Santo Domingo se trataría de coartar aquella tendencia a la anexión que representó la mala aventura de Buenaventura Báez.

Una vez liquidada esa posibilidad por las vicisitudes históricas que todos conocemos, a Puerto Rico se le presenta hoy otro desiderátum, esa caribeñización que, nuevamente, presupone la coincidencia, en un espacio político, de pueblos hermanados por un pasado de colonialismo europeo y sistemas parecidos de explotación. Y esta propuesta, o este discurso, supone ya no una lengua común, o una experiencia histórica derivada del mismo colonialismo español, sino unas coincidencias más abarcadoras, a veces difusas, otras veces aterradoramente concretas.

Ahora bien, ¿qué bases reales existen para la llamada caribeñización de Puerto Rico? La idea de la Confederación Antillana, hoy, vista de cerca, nos resulta ingenua cuando nos adentramos en las diferencias y semejanzas de las Antillas Mayores. Si bien es cierto que Puerto Rico, Santo Domingo y Cuba fueron hermanadas por una potencia europea que les impartió el sello de un colonialismo común, fácilmente podemos advertir las diferencias fundamentales entre la experiencia histórica nuestra y la del resto de las Antillas Mayores.

Ya hacia fines del Siglo XIX Santo Domingo era independiente, Cuba había sufrido una guerra independentista de diez años y Puerto Rico había protagonizado un Grito de Lares que apenas duró dos días. Tanto en Cuba como en Santo Domingo el sistema de explotación económica había sido más cruento: en Cuba la caña y el tabaco habían sido cultivados intensamente, la mano de obra esclava era más numerosa. Santo Domingo tendría que luchar por su independencia contra una potencia vecina —Haití— cuyo fundamento económico se remontaba a una de las explotaciones más intensas de hombres y tierras que ha conocido la historia de la humanidad. En Puerto Rico la explotación que tenía como marco de referencia la hacienda se desarrolló, a una escala menor, junto a modos autárquicos de sobrevivencia y junto al contrabando. Las otras Antillas Mayores forjaron burguesías nacionales independentistas. Puerto Rico, como muy bien ha recalcado José Luís González, nunca desarrolló una burguesía nacional con capacidad para defender eficazmente sus intereses. En Puerto Rico la debilidad del estado como tal, esa situación que tanto alarmó a O'Reilly y al despotismo ilustrado de Carlos III, se debía tanto a nuestra condición de baluarte militar como a la debilidad ancestral de nuestra economía.

Ahora bien, a pesar de todo ello hay unos vínculos evidentes que se remontan a una cultura surgida de la misma situación geográfica y el contacto de lo español con otras culturas: el ajiaco cubano, el sancocho dominicano y el guiso puertorriqueño, que también se llama sancocho, surgen de esa suculenta olla podrida peninsular que el criollo y el esclavo preparaban según las menudencias de viandas y carnes que proveía una sobrevivencia muchas veces paupérrima. Si el barroco cubano de un Lezama Lima y un Carpentier lograron sus mejores páginas desde una escritura arcaizante, la mejor poesía de nuestro Palés Matos evoca la poesía española de corte renacentista. La salsa puertorriqueña no es otra cosa que la música cubana —el son montuno y el guaguancó— pasada por la experiencia puertorriqueña de Nueva York y su contacto con el jazz latino; el trombón de nuestra instrumentación plenera se integra al sonido de las charangas y conjuntos cubanos. Hoy por hoy el merengue dominicano ha substituido a la salsa como el baile favorito de los puertorriqueños. Entonces está la misma lengua española: tres variantes antillanas del Español Atlántico matizado por andaluces y canarios. En nuestros campos los jíbaros más viejos hablan un español arcaico que evoca el castellano del siglo XVI.

Como podemos ver, estos vínculos, desde la concreción y cotidianidad de una experiencia antillana común, componen una cercanía que las distancias en otros órdenes no pueden borrar.

También podemos concebir un espacio horizontal, cotidiano, donde Puerto Rico se vincularía con el resto del Caribe. Entonces the Caribbean deja de ser una acomodaticia categoría de estudiosos anglófonos para convertirse en algo palpable y vital.

El sancoche trinitario es el sancocho boricua. Nuestra música de plena —el ritmo característico de la costa— posiblemente se originó con la visita de isleños del Caribe inglés. La plena sería entonces una música creada en Ponce por una familia de apellido Clark-George. El carrucho que hoy se consume en Puerto Rico hasta una saciedad que pone en peligro la existencia del queen conch en nuestras aguas, es el lambi haitiano, casi el plato nacional de ese país, servido, como en el nuestro, con tostones y el mojo llamado isleño. El calypso vuelve a ser furor en Puerto Rico. Nunca desapareció del todo en los bailes de Vieques y Culebra.

Si el espacio arquitectónico es un ingrediente importante de la memoria, Puerto Rico comparte con sitios tan lejanos en otros órdenes, como Trinidad, algunos rasgos interesantes: la casa campesina puertorriqueña, con su piso o soberao levantado sobre la tierra por zocos, es una versión sin balcón de la case de Trinidad, también levantada sobre el nivel del terreno. La presencia de las galerías, de esos amplios barandales desde los cuales se otean montes combos y apacibles, cocoteros que se mueven según los caprichos de los vientos alisios, son todavía, para los puertorriqueños de mi generación, un fuerte vínculo con el Caribe inglés y francés. El Jacmel que conoció Betances, en uno de sus periplos antillanos, hoy se parece al pequeño pueblo donde me crié en los años cincuenta. Los colores con que se pintan las casas de los campesinos haitianos —esos verdes chatré y los azules que llamamos eléctricos, combinados con el rojo ladrillo— aún se pueden ver en algunas calles de un barrio proletario sanjuanero como villa Palmeras. Los calados en madera de muchas casas señoriales del oeste de Puerto Rico llegan a su culminación en Haití. El omnipresente zinc a cuatro o dos aguas, el alto plafón sirviéndole de caja de resonancia a esos aguaceros que cantó Césaire en Blues de la Pluie, son para mí valores perdidos desde la adolescencia, y que sólo podría recuperar convirtiéndome en turista del propio Caribe. Pero la casa volcada hacia la calle, mediante el balcón o la galería, es una experiencia que los puertorriqueños de la generación de mi hijo no pueden tener si no es a través de las omnipresentes rejas, ese imperativo de la arquitectura puertorriqueña una vez abandonamos los diseños y designios de Levitt and Sons y nos enfrentamos a la criminalidad rampante que cubre la isla. Estoy seguro que muchos puertorriqueños de la generación más joven no tienen la menor idea de lo que es el glacis de una hacienda cafetalera.

Del mismo modo mi generación ya no recuerda los bohíos de los campesinos más pobres de la década de los treinta. A veces la falta de techo se resolvía con la construcción de un bohío techado con matojos o yaguas y levantado con tablas de palma. El piso era de tierra. Lo que aún se puede ver en Haití, mi generación, los hijos del E.L.A. y Muñoz Marín, lo conocemos, sobre todo, a través de las anécdotas y advertencias de nuestros padres. La restauración del Viejo San Juan nos queda como un vínculo con un pasado aún más remoto; pero los espacios del Puerto Rico contemporáneo comienzan a distanciarse, ya irremediablemente, de los del resto del Caribe. Aquella cultura criolla y señorial, de tardes lánguidas que transcurrían según el rechinar de los sillones de caoba casi ha desaparecido en mi país.

Mi tío abuelo, el novelista Ramón Juliá Marín, se lamentaba hacia el 1912 de cómo la casa solariega de su familia había sido convertida en almacén. Me crié en una de esas casas de amplias galerías; en los bajos, la parte a nivel de la calle, se almacenaba el café; a veces mi abuela cedía a la tentación de quebrar la armonía del caserón y alquilaba esos bajos para algún negocio. Si le contara esto a mi hijo sería como hablarle de un país remoto. Pienso que pocos jóvenes puertorriqueños saben lo que es una estantería de ausubo; todos saben lo que es M.T.V. y dónde queda Orlando. Nuestros espacios se van pareciendo más a los de esta ciudad en la Florida que a los de Santo Domingo.

Cuando José Luís González habla de caribeñizar a Puerto Rico está hablando de recordarle a Puerto Rico dónde está. Pero, en verdad, ¿estamos más cerca de Puerto Plata que de Orlando?

Los bodegones de Oller con sus mangós de la India, guanábanas antillanas, guineos africanos y pajuiles, se confunden con las cornucopias que vienen del norte: los puertorriqueños consumimos manzanas, peras, albaricoques, uvas sin semillas de California y melocotones. Algunas veces los food stamps nos permiten comprar alguna que otra rodaja de salmón fresco. La mayoría de nuestros adolescentes no podría diferenciar hoy entre un níspero y una batata. Es una generación que jamás ha visto un mosquitero en su vida.

Ya en los años cincuenta los artistas y escritores puertorriqueños satirizaban esa particular alienación que ha sufrido el puertorriqueño respecto de su clima y paisaje. Por aquel entonces algunas mansiones de la nueva burguesía creada por el E.L.A. ostentaban chimeneas.

La memoria de los espacios, la cultura culinaria y la música, esa cotidianidad horizontal, aún nos unía al resto del Caribe, hace treinta y pico de años, con una fuerza evidente. Pero hoy Puerto Rico se aleja cada vez más de sí mismo.

El inventario de nuestra memoria colectiva progresivamente se hace más angosto, ello a pesar de un nacionalismo —y hasta chauvinismo— que se ha ido forjando paradójicamente en la cultura popular, el media, y en nuestro contacto con las emigraciones de cubanos y dominicanos a nuestro suelo: el equipo de baloncesto puertorriqueño es un orgullo nacional; los cigarrillos Salem se venden con la imagen de un Puerto Rico apacible y lírico que ya no existe. Las parejas yuppies, que descubren en sus jeeps Suzuki las bellezas de un Puerto Rico cada vez más remoto, también fuman Winston. El Ron Don Q se vendió hace unos años con imágenes sacadas de una vida señorial de ensoñación, donde el mundo de la hacienda, aquella aristocracia de dril que mencionaba Palés, aparece embellecida por la nostalgia. La bandera puertorriqueña —proscrita durante los años treinta por su identificación con el nacionalismo de Albizu Campos— aparece por todos lados, lo mismo en las envolturas del queso blanco que en las gorras usadas por el proletariado en los conciertos playeros de salsa. Pero recientemente se fue a la quiebra la cerveza Corona, una de las últimas cervezas puertorriqueñas. Los puertorriqueños, de todas las clases, preferimos fatalmente la Heineken y la Schaefer.

¿Qué quiere decir caribeñizarnos? Aquel Caribe horizontal, el cotidiano, el que nos unía, en muchas instancias se remontaba a modos de producción felizmente superados. ¿Es que no estamos hablando también de una cotidianidad que tuvo por marco la vida de la gran y pequeña burguesía rural patricia, el mundo de la hacienda y la esclavitud, del peonaje en el infierno del cañaveral o el cafetal? ¿No es la añoranza de aquel pasado una forma sinuosa de esa vocación reaccionaria que padecen muchos intelectuales y artistas de países en desarrollo?

Alguien me dirá que es precisamente nuestra alienación lo que nos obliga a plantear el Caribe como consigna. Pero entonces, ¿no se va pareciendo nuestra disyuntiva a la de la intelectualidad española a partir del 1898? Para ellos —desde su marginalidad— la consigna era españolizar a Europa o europeizar a España. Hacia los años sesenta esa disyuntiva se le plantearía a Juan Goytisolo con una urgencia progresivamente contradictoria: deseaba que España saliera del estancamiento medieval del franquismo; reconocía, a la vez, que los éxitos de éste en el plano social y económico —la modernización de España— habían transformado, ya sin remedio, modos de vida ancestrales que él apreciaba.

Tendríamos que formular nuestra pregunta: ¿hay que caribeñizar a Puerto Rico o hay que puertorriqueñizar al Caribe?

Como hemos visto, la primera consigna tiene un marco socioeconómico y cultural ya apenas compartido. La segunda contiene unas interrogantes perturbadoras, porque puertorriqueñizar al Caribe, ¿no se refiere ello a una especie muy particular de alienación cultural y política?

Al intentar una respuesta honesta para esta pregunta vuelven a surgir distancias insalvables. Nos habíamos olvidado de que el Caribe es simultáneamente un espacio de congregación y una heterotopía, sitio donde culturas y razas han coincidido en una yuxtaposición precaria. ¿Somos las islas donde se han congregado memorias de un pasado que no fue del todo nuestro? De frente a futuros inciertos, Walcott nos habla de una particular amnesia que sufre el exilado caribeño:

some deep, amnesiac blow. We left
somewhere a life we never found.

Compartimos un espacio; pero ¿compartimos un proyecto histórico? Se nos impone entonces la imagen de una Babel donde los isleños no nos comunicamos, fácilmente, ni desde nuestro pasado ni desde nuestro porvenir. Las diferencias lingüísticas, la asincronía de los desarrollos económicos, las diferencias reales entre el colonialismo inglés, el español, el francés y el norteamericano, ahora se evidencian de manera notable.

Puerto Rico es devuelto nuevamente a su marginalidad: es en nuestra historia donde se tocan la antillanía y la caribeñidad. Las Antillas Mayores y las Menores cobran en Puerto Rico una imagen desfigurada de sus propios pasados y posibilidades. Nuestra marginalidad respecto de las Antillas Mayores nos colocó en el sendero del American way of life. ¿Es nuestro actual modo de vida alucinante lo que hoy nos coloca en el sendero del otro Caribe? Cuando nuestro gobierno habla de plantas gemelas y cooperación económica, de Puerto Rico como la punta de lanza de la política económica estadounidense para el Caribe, no dejo de estremecerme de suspicacia. ¿Estamos hermanados nuevamente, con el resto de ese Caribe alterno a la antillanía, en la condición de padecer la historia pero no protagonizarla?

¿Puede ser el desarrollo de Puerto Rico modelo para alguien? ¿Será posible que nuestra dependencia política y económica, nuestra violencia social se conviertan en proyectos para un Caribe alterno? ¿Qué diálogo se puede establecer entre países en vías de desarrollo y un país cuyo progreso se ha hipertrofiado, transformándose en un furor consumista que posterga la producción?

Se puede señalar que mis temores apenas tienen fundamento; la caribeñización es, en realidad, un proceso que ya empezó: entonces se me hablaría de la presencia de los cubanos en Puerto Rico por dos décadas, de los desembarcos de dominicanos pobres a las costas de Rincón y Aguada. Los cubanos que llegaron a Puerto Rico con el advenimiento de la Revolución Cubana, casi todos de clase media, son hermanados con los dominicanos pobres que cruzan el Canal de la Mona para insertarse en una economía de abundancia para todos y despilfarro para muchos.

Es un secreto a voces que las relaciones entre nosotros los puertorriqueños y los cubanos exilados no han sido del todo serenas. El hecho es que veinticinco años después de haber comenzado a llegar aún no se arriesgan a postularse para ningún puesto público. Usan la política nuestra para cultivar su anticomunismo y son usados por los partidos políticos nuestros como contribuyentes. Pero no son invitados a participar como iguales. Es posible que no se atrevan. Muchos cubanos, luego del tercer trago, se quejan de un sutil prejuicio contra ellos.

Los dominicanos casi siempre son tratados con gran con descendencia; los chistes sobre su competencia e inteligencia resultan ofensivos, ello a pesar de que los hijos de estos emigrantes pobres —salidos de campos donde aún no hay un televisor en cada sala— superan a los nuestros —acostumbrados al tránsito uptown-downtown de Nueva York a San Juan— en las pruebas de aprovechamiento académico administradas por el sistema escolar neuyorkino.

Pero ¿cuál es la Tierra Prometida de los dominicanos que llegan a Puerto Rico? ¿Es San Juan o Nueva York? Nos mofamos de la ropa chillona que usan cuando tratan de abordar aviones con destino al norte. Es la misma ropa que usamos hace treinta años cuando nos embarcábamos para los niuyores: los mismos pantalones color vino, las mismas combinaciones extrañas a la sobriedad anglosajona, los mismos zapatos de charol blanco. Y ahora, como bien ha señalado Juan Manuel García Passalacqua, se nos impondrá diferenciarnos de ellos en Nueva York cuando, en realidad, allá somos la misma gente pobre y marginada. Ya pronto viajaremos con pasaportes americanos de ciudadanía, porque we all look Spanish...

Hace unos años, cuando Luis Ferré era gobernador de Puerto Rico, Félix Benítez Rexach lo visitó en La Fortaleza para pedirle que proclamase desde la gobernación la independencia de Puerto Rico. Don Félix, el millonario nacionalista amigo de Trujillo y Albizu Campos, ingeniero visionario a quien Santo Domingo le debe el trazado de la Avenida Jorge Washington y algunas casas en forma de barco que enternecen por su mal gusto, llegó a La Fortaleza en un vistoso Rolls Royce y vestido de blanco. El millonario criollo, o criollazo en este caso, se reuniría con el gobernador millonario de estilo calvinista y sobrio, asimilista y educado en M.I.T. Uno era gobernador de Puerto Rico, el otro era un empresario que ya sólo vivía de nostalgias, evocando los años dorados en que se casó con una cantante francesa y anclaba su yate junto al de Onassis. Don Félix, en lo que parecía un sainete sólo concebible por Valle-Inclán, le pidió a Ferré que declarara la República de Puerto Rico por ser nosotros un pueblo superior, el más desarrollado del Caribe; fácil se nos haría poner bajo nuestra tutela a ese otro Caribe pobre e ignorante. No pudo imaginar mejor símbolo de nuestra marginalidad y presunción: la independencia que aún no acababa de llegar nos serviría para establecer nuestra hegemonía caribeña. En Don Félix ya habitaba el espíritu de la caribeñización.

Pero en tantos equívocos y equivocaciones deberá existir algún tipo de diálogo caribeño, alguna comunidad profunda. Regresemos a las poderosas imágenes del arte popular y culto del Caribe para comenzar ese diálogo.

Cuando me criaba en el Puerto Rico de los años cincuenta aún se oía mucho la frase en el tiempo de los españoles. Siempre me estuvo curiosa aquella frase que un poco secuestraba nuestro pasado, colocándolo fuera de nosotros, otorgándole al colonialismo español la capacidad de poseer parte de nuestro tiempo. El rescate del pasado por el colonizado siempre tiene esa connotación de lucha con el otro que le ha robado parte de su tiempo. Nuestros pasados son nuestros sólo a medias, en el caso de Puerto Rico el presente también es nuestro sólo a medias. La recuperación del país natal es entonces esa inmersión en algo irreductible, algo nuestro y sin regateos, ese cadastre, la parcela que podemos reclamar como propia sin disputas miserables. Lo criollo es una definición dé esa parcela irreductible donde habita nuestra identidad. Pero lo criollo es algo más que la memoria de la cotidianidad creada por el colonialismo, o el inventario de unos modos de apropiación que empiezan en la cultura alimenticia y culminan en la plástica, en la literatura y la música.

Las siguientes preguntas están divididas en dos partes. Las primeras se refieren al entendimiento de lo expuesto de manera explícita en el ensayo. Las segundas pertenecen a lo que se conoce como lectura crítica. Son preguntas de análisis e inferencia. Busca primero las definiciones de la lista de palabras en la parte I.

I. Utiliza el diccionario para buscar las siguientes palabras. Puedes usar el Diccionario de la Real Academia Española en la dirección: http://www.rae.es

bodegón disonancia anglófono disonancia

cromatismo autárquico utopía

abigarrado heterotopía alienación

bizantina periplo cornucopia

asincronía alienación sinuosa


Preguntas del primer nivel de lectura: comprensión literal
Estas preguntas se refieren a lo que está expuesto de manera abierta en el texto y no es necesario inferirlo.

1. ¿ A quién el autor cita en el primer párrafo de su ensayo?

2. ¿ A qué se refiere el autor cuando señala que los escritores y artistas caribeños coinciden en hablar de una modorra?

3. ¿Qué cambio se dio en la pintura de Francisco Oller? ¿Qué función tuvo ese cambio?

4. ¿Qué males de Puerto Rico presentó Oller a través de su cuadro El Velorio?

5. ¿Quién era el personaje más digno del cuadro, según uno de los primeros comentaristas de la obra?

6. ¿Qué destacó el botánico francés Ledrú cuando visitó a Puerto Rico en el siglo XVIII?

7. ¿Qué imagen de Puerto Rico, señala Rodríguez Juliá, es la que presenta Oller en su cuadro? ¿Con cuál obra lo compara?

8. ¿Cómo se diferencian los términos antillanía y caribeñidad?

9. ¿Qué utopía concibió el independentismo antillano del siglo XIX? ¿Qué piensa el autor sobre ella?

10. ¿Qué elementos económicos tenían en común Puerto Rico, Cuba y República Dominicana en el siglo XIX? ¿Cómo se diferenció Puerto Rico de ambos países?

11. ¿Qué ejemplos ofrece el autor para demostrar que existe una cultura común entre las islas?

12. ¿Cree el autor que el Caribe hispano se parece al Caribe inglés? Documenta tu contestación.

13. Rodríguez Juliá cree que en un momento de nuestra historia se trató de aislar a Puerto Rico del resto del Caribe. ¿Qué produjo esto?

14. ¿Qué sucede con nuestro nacionalismo, según el autor?

15. ¿Qué dice el autor de las emigraciones cubanas y dominicanas?

16. ¿Cómo el autor define lo criollo?

II. Preguntas del segundo nivel: lectura crítica
Aquí trabajarás con la inferencia y el análisis de la lectura.

1. Analiza el título del ensayo. ¿A qué se refiere el autor con marginalidad? Documenta tu respuesta.

2. ¿Qué quiso demostrar el autor mediante su cita y comentarios sobre Francisco Oller y su gran cuadro El Velorio?

3. ¿Con qué propósito cita a Ledrú?

4. De lo planteado por Rodríguez Juliá sobre los cubanos, ¿podría inferirse que siente animosidad contra ellos?

5. ¿Puede ser el desarrollo de Puerto Rico modelo para alguien? ¿Qué quiere decir el autor con esta pregunta?

6. ¿Cuál es el propósito de este ensayo?

7. ¿Qué crees que piensa el autor sobre el nacionalismo cultural? ¿Simpatiza con éste?

8. ¿Qué recursos de la argumentación utiliza el autor? Enuméralos.

9. ¿Cómo es el estilo del autor?